Durante doce años el gobierno kirchnerista utilizó como estrategia los dobles discursos y ambivalencias. Los primeros pasos de éste parecían apuntar a una nueva era de cambios, así fueron al menos, las políticas en materia de derechos humanos, los reemplazos en la Corte Suprema de Justicia, el incipiente latinoamericanismo y su retórica antineoliberal acompañada por una política económica heterodoxa.

Sin embargo, al mismo tiempo se puso como objetivo el orden y la normalización de organizaciones afines y de un alto nivel de disciplinamiento, mediante la criminalización y judicialización de aquellas reivindicaciones sociales y polìticas que reflejaban la expansión vertiginosa del modelo extractivo-exportador y la consolidación de un nuevo modelo agrario. ¿Cómo fue el acompañamiento de la política en estos años? ¿Existieron transformaciones estructurales?

Las respuestas nunca pueden ser afirmativas cuando los sectores concentrados de la economía, se vieron beneficiados por un periodo de reactivación industrial que forjó alianzas con importantes grupos de la burguesía local, beneficiando a muchos de ellos con una generosa política de subsidios. La cual, a su vez, no contempló la formación de una matriz productiva sostenida en el tiempo que garantizara fuentes de trabajo a pesar de los períodos de crisis y, además, la presión impositiva sumada a la falta de inversión que recayeron sobre las economías regionales provocaron un deterioro importante en éstas, principales fuentes de trabajo e inserción de nuestras provincias. Entonces, ¿Qué tan real era la posición progresista? Menos aún cuando no se concretaron modificaciones en la matriz impositiva, no se redujo sustancialmente el empleo informal y se reforzó la concentración financiera del capital y la extranjerización de la economía. ¿Sólo basta con construcciones simbólicas y manifestaciones tribuneras?

En el 2008 las estrategias populistas ganaron la escena pública. La polarización de amigo/enemigo dejó de lado la posibilidad de generar consensos sobre los temas prioritarios para el país. La ley de medios audiovisuales, la Estatización de las AFJP, la adquisición de acciones en YPF, la ley de Matrimonio Igualitario, la Asignación Universal por Hijo han sido conquistas reconocidas de estos años pero ¿Producen cambios reales las iniciativas “progresistas” cuando se orientan a definir enemigos con los que se disputan intereses por el capital simbólico? Estas se convirtieron en banderas del “gran relato kirchnerista” legitimando el accionar de un populismo puro que utilizó las herramientas del sistema democrático y republicano para justificar el disciplinamiento de los propios aliados y de las fuerzas opositoras. Pero no debemos caer en discursos vacíos que un tiempo después dieron paso a que el macrismo gobernara la nación. Y que, sin embargo, no mostraron grandes diferencias con las estrategias de manipulación mediática y escaso interés de abordar temáticas complejas como las del narcotráfico a nivel nacional y/o disminuir los niveles de violencia social existentes.

Se construyó un enemigo al que sólo se lo forzó a distribuir sus mayores regalías económicas para darle poder a una élite digitada por la clase política, pero nunca en post de una distribución del ingreso real. Todo ello, mientras que se comenzaba a avizorar una desaceleración de la economía y un estancamiento de la recuperación del mercado de trabajo. Mientras se profundiza la extranjerización de la matriz productiva; las nuevas alianzas que alimentan y contribuyen al capitalismo financiero global; el mismo que concentra el 44% de la riqueza mundial en el 1% de los ciudadanos. Tendencia que sostiene Macri en su gobierno.

La llegada del PRO al gobierno significó la victoria de los socios silenciosos del kirchnerismo, del gobierno de la “grieta” y la consolidación de un capitalismo voraz sin las anteojeras de una aparente redistribución de la riqueza. ¿Cuáles son las heridas? La llegada al poder de la élite porteña y conservadora por el voto popular -a la espera de esta oportunidad desde los tiempos de Alvear- que pone al servicio del capital financiero las conquistas polìticas de la modernidad: la democracia representativa, la universalidad de los derechos y su eficiencia y el principio de legalidad como condición de legitimación del poder.

El gobierno macrista, por tanto, intenta consolidar una democracia de audiencia, basada en la defensa de los valores republicanos; “administrada” por gerentes de la eficiencia que fomenten una ciudadanía atomizada. Basado en una estrategia de vaciamiento sistemático de las discusiones políticas en la esfera de la comunicación y la maquinaria estatal puesta al servicio de la consolidación de un centralismo político. A costa de continuar ocultando las peores tramas de la vulnerabilidad social y legitimando la violencia.

Por otro lado, el discurso y la visión reduccionista de la gestión PRO de la “pesada herencia” en materia económica tiene como objetivo no asumir las consecuencias de las decisiones económicas de los primeros meses de gestión, las cuales impactan directamente en la calidad de vida y los niveles de ocupación.

La noción del gobierno nacional sobre la competitividad en materia económica supone la apertura del mercado externo perjudicando ramas enteras de la actividad económica; la devaluación, baja y supresión de retenciones que eleva los precios; el aumento de los servicios y la reducción masiva de salarios con el fin de nivelarlos a otros países de la región. Además de favorecer la concentración de capitales y la brecha entre lo que más tienen y los que menos tienen, estos dispositivos de gobierno apuntan a profundizar las lógicas de la competencia individual y la destrucción de procesos colectivos que asocien obtener un empleo con los beneficios de la inserción social en el mundo del trabajo. Y estas decisiones nos están afectando fundamentalmente como jóvenes.

La falta de líneas de acción, las marchas y contramarchas en la toma de decisiones, la estrategia sistemática de despolitizar el discurso alientan procesos donde la producción social de la riqueza crece sistemáticamente de la mano de la producción social del riesgo. ¿Qué implica esto? Las mismas herramientas que el hombre construyó para proteger, asegurar y dominar su vida y la de los otros -de la revolución tecnológica a esta parte- se convirtieron en las fuentes de las principales amenazas a la existencia individual y colectiva.

Las sociedades contemporáneas administran las desigualdades sociales a partir de mecanismos basados en el miedo al riesgo de perder.¿Qué tememos perder? ¿Por qué hoy el poder mundial necesita una sociedad en riesgo para poder acrecentar su dominación? ¿De qué libertades nos está privando esta sociedad de consumo? ¿Será esto una consecuencia de vivir atomizados?

Por delante, tenemos el desafío de preguntarnos cómo pensamos a las clases y sujetos sociales en contextos de desigualdad socioeconómica y simbólica. Hoy, y hace un tiempo, es poco claro identificar la vieja división de clases. ¿Cuál es la actitud que debemos tomar como socialistas frente a esto? Las incertidumbres, la percepción de los grandes peligros, las comunicaciones y las prácticas de consumo cortan horizontalmente las viejas identificaciones de clase, las cuales no resultan anuladas las reagrupa en fracturas secundarias ante la urgencia y la vorágine de los problemas.

¿Cómo logramos representar e interpelar a quienes ya no se identifican sólo con su clase sino con la vertiginosa realidad que los atraviesa? Las manifestaciones, movilizaciones y expresiones de la sociedad civil en la esfera pública son el reflejo de un tiempo político marcado por la construcción de la opinión pública, con consignas esporádicas y difíciles de sostener en el tiempo, donde las reivindicaciones históricas se ajustan al tiempo político de las publicidades. Son sujetos colectivos múltiples que no se identifican con una sola manera de ver el mundo. Debe ser nuestro compromiso volver a darle contenido a las demandas sociales y traducirlas en propuestas programáticas que se amolden a este tiempo de sujetos “por temáticas” que están atravesados por realidades espaciales, temporales y socioeconómicas diferentes entre sí. Un análisis erróneo de este potencial social movilizado puede causar el quiebre de los lazos sociales y un aumento de los niveles de violencia.

El consumo como parte de nuestras prácticas cotidianas se convierte, así, en uno de los mecanismo más eficaces del capitalismo para limitar el propósito de una sociedad con mayor igualdad social. Así, el crecimiento económico de un país debe ir acompañado del desarrollo de políticas públicas que apunten a una mayor distribución de la riqueza así como a modificar las pautas culturales que, hoy, profundizan el malestar social.

¿Podemos vivir en un mundo que vaya por fuera del mundo que habitamos? La respuesta es no. Debemos construir socialismo sabiendo buscar en los márgenes de este mundo globalizado. Nuestras preguntas deben cuestionar los discursos estandarizados. ¿Por qué la sociedad habla de la defensa de los derechos humanos y, a su vez alienta, la defensa por mano propia? ¿Por qué nos aferramos a las prácticas de vida saludable y no alentamos y defendemos modelos de desarrollo ecológicos sustentables? ¿Por qué defendemos los valores democráticos y republicanos y denostamos los mecanismos de participación y la praxis política?

Como lo fuimos hace 120 años, tenemos que ser inconformistas, disruptores y comprometernos con las luchas colectivas que pongan en crisis los dobles discursos y las manipulaciones mediáticas. El socialismo es el nombre de una práctica colectiva que no tiene rostros, que defiende los valores de la solidaridad, la igualdad y la libertad; de la dignidad humana, la justicia social y el fundamento moral de la política. Los cuales hoy están en riesgo. Debemos reafirmar y contagiar nuestras valores como modos de vida alternativos a las prácticas individualistas e indiferentes de las sociedades contemporáneas.

Por ello, el socialismo nunca es en soledad, es con otros movimientos sociales y partidos políticos de izquierda que se propongan dejar en evidencia los dispositivos de poder de las clases dominantes. Debemos animarnos a ir en contra de las definiciones vacías del “hacer” -juego perverso de la derecha- sin plantearse los porqués de cómo hacer; debemos ir en contra de las definiciones que apuestan al uso de “la gente”, hay que animarse a ponerle rostros a interpelar a trabajadores hiperflexibilizados, a quienes están inmersos en las economías delictivas, a las y los jóvenes, a los consumidores, a quienes se desilusionaron, a las y los ancianos, a quienes profesan una fe, a las y los ciudadanos, a cada una de las minorías que definen los derechos de quienes están excluidos, etc; hay que dejarse interpelar por las zonas grises de sus vidas cotidianas. Fuimos capaces de ser gobierno y proponer políticas públicas que nos definen como el gobierno de las mayorías y no de una minoría elitista o convencida.

Entonces, ¿Cómo formulamos los programas políticos para que acompañen las transformaciones de nuestras sociedades? ¿Cuáles son las formas de gobierno que debemos profundizar a través de nuestra participación en el juego polìtico? La democracia no debe ser sólo un mecanismo representativo de gobierno en el que las fuerzas electorales entran en pugna y utilizan los valores del republicanismo como en una riña de gallos. La democracia no es la representación de una hegemonía disfrazada de progresismo con prácticas de nacionalismo conservador. Tampoco debe ser un aparato burocrático aprovechado por las elites y transformados en una plutocracia. La democracia no es populismo. La democracia debe ser el sistema que garantice que el principio de igualdad opere contra las asimetrías excluyentes, que se oponga a las tendencias de refeudalización del poder donde el patrimonio es impersonal, abstracto, irresponsable y deslocalizado.

Esa democracia inclusiva sólo se logra generando desde el gobierno políticas que igualen a la ciudadanía en el acceso a sus derechos. ¿Cómo? Defendamos la escuela pública como ámbito abierto de socialización, donde todos tengan las mismas posibilidades y condiciones de aprendizaje. El compromiso de gobernar un Estado que entienda la salud como derecho garantizado, gratuito e integral. El cuidado y desarrollo personal no deben ser sólo de una clase social, su universalidad es condición de todo ejercicio progresista. Un gobierno que garantice los derechos de quienes trabajan; que defienda la seguridad en él; que entienda las particularidades productivas de su territorios y trabaje con cada rama de la actividad económica para definir su perfil productivo y, así, generar líneas de producción y la consolidación de las existentes; es un gobierno inclusivo y socialista.El socialismo en el gobierno debe garantizar el funcionamiento de las instituciones democráticas, la división republicana de los poderes de Estado y los mecanismos de participación y control horizontal por parte de la sociedad civil. Así como también, la defensa de las minorías poniendo en cuestión los marcos legales y proponiendo el acceso de derechos universales legitimados por la sanción de leyes que los garanticen ante los cambios de gobierno. Como es el caso de la exigencia de una ley de juventudes que garantice derechos a lo largo y ancho del país.

El desafío es construir y consolidar al Partido Socialista como fuerza nacional que crezca desde sus banderas convocando a partidos políticos, organizaciones sociales, movimientos sociales que sean capaces de mirar más allá de sus construcciones particulares, de sus liderazgos personales y tengan como objetivo interpelar a los ciudadanos y ciudadanas en la defensa de los derechos, la búsqueda de la igualdad, la justicia social y la solidaridad.

Pero esto no será posible si primero no consolidamos nuestra propia fuerza. Esta debe recuperar la fortaleza de la participación ampliando sus bases, llegando a nuevos territorios, discutiendo realidades que se distancian de los territorios metropolitanos. El desafío está en llevar el socialismo como práctica y convocar a la participación a quienes se encuentran alejados de la política.

La práctica socialista debe acercarnos a aquellas organizaciones sociales que tengan como objetivo poner en cuestión el estatus quo, y así impulsar a que eso suceda. Abrirnos a nuevas formas de participación y saber darle un lugar a cada joven que se reconozca con los valores de nuestra fuerza política. La profundidad en los debates y la difusión de las ideas socialistas deberán adaptarse a las múltiples formas de la comunicación. Lo que hará conocer nuestros posicionamientos e impulsará la reconstrucción de un discurso público, intenso y claro.

No podemos olvidarnos de nuestras históricas banderas pero debemos alentar y reconocer nuevos perfiles de liderazgos, jóvenes, que marquen su vigencia en la arena política y nos alejen de organizaciones partidarias verticalistas, burocráticas y paternalistas.

En este sentido, también, debemos impulsar y consolidar un espacio de debate, acciones y posicionamientos que promuevan un cambio cultural que derribe estereotipos sexistas fomentados por los medios de comunicación y espacios de poder, las normas sociales dominantes y que modifique el lenguaje y el tratamiento sobre esta problemática crucial. Comprometernos con ello es también dar la discusión y llevar adelante propuestas que igualen a varones y mujeres en los cargos de representación partidaria. En ello, las juventudes socialistas a través de su estatuto marcan la definición política de defender la paridad de género.

Las formas de representación política actuales se ajustan a una renovación constante de los liderazgos y, el partido tiene ese espíritu que lo trasciende históricamente. El socialismo es una fuerza tradicional pero reconocida por su espíritu joven y vanguardista.

Estamos en esta instancia por el impulso, la constancia y la convicción inscripta en la historia de nuestra organización política; por el compromiso de quienes militamos, participamos y construimos colectivamente. Así como muchas de las acciones expresadas por compañeras y compañeros se han concretado en estos meses; debemos multiplicar con la alegría del entusiasmo y la conciencia de saber que somos porque fuimos, y seremos porque seguimos marchando.

Juventudes Socialistas de Argentina