Ante consultas en distintos medios y a partir de invitaciones a jornadas conmemorativas del “Día del Autismo” o del “Día del Síndrome de Down”, quisiera compartir una reflexión. Comprendo profundamente la intención de visibilizar y valoro estos espacios para muchas personas y familias. Sin embargo, creo necesario sumar un análisis más amplio que nos permita abordar la cuestión desde una perspectiva colectiva.
Como sociedad, aún tenemos el desafío de fortalecer el reconocimiento pleno de los derechos de las personas con discapacidad, entendiendo que estos constituyen la base de una ciudadanía real y efectiva. No se trata solo de nombrar o visibilizar, sino de garantizar condiciones concretas para que todas las personas podamos participar, decidir y habitar los espacios comunes. En este sentido, la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad es clara al afirmar que debemos poder “participar plena y efectivamente en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás”.
Sin embargo, cuando el foco se coloca en días asociados a diagnósticos específicos —como el autismo, el síndrome de Down u otros— existe el riesgo de que, aun sin intención, predomine una mirada centrada en la categoría médica, en la “condición”, antes que en nuestra condición de ciudadanas y ciudadanos con derechos. Tal como advierte Tom Shakespeare, centrarse exclusivamente en el diagnóstico puede “reducir la experiencia de la discapacidad a una cuestión individual”, invisibilizando las barreras sociales que, en gran medida, producen la exclusión.
El desafío, entonces, es poner en el centro aquello que nos atraviesa como colectivo: nuestros derechos y la posibilidad concreta de ejercer ciudadanía. Porque hablar de derechos es hablar de algo mucho más profundo: de vivir en comunidad, de participar en igualdad de condiciones, de acceder a apoyos, a la educación, al trabajo, a la salud, a la cultura y a la vida política. Es, en definitiva, poder habitar el mundo con dignidad. En palabras de Hannah Arendt, se trata del “derecho a tener derechos”, es decir, de la posibilidad efectiva de formar parte del mundo común.
En este marco, fortalecer el Día Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad (3 de diciembre) permite articular esta mirada y enfocar la atención en lo esencial: que nuestras vidas no están definidas por un diagnóstico, sino por el ejercicio pleno de nuestros derechos. Reconocer las particularidades es necesario, pero sin que estas se conviertan en límites para la participación o en justificación de desigualdades.
Se trata, en definitiva, de seguir construyendo una sociedad que nos reconozca como personas, como sujetas y sujetos políticos, con igualdad y equidad en todos los ámbitos. Como sostiene Judith Butler, las condiciones de reconocimiento son también condiciones de vida: solo cuando somos reconocidas y reconocidos como parte de lo común, nuestras vidas se vuelven plenamente habitables.
El problema no radica en la falta de visibilidad de los diagnósticos, sino en la persistente negación de derechos. Porque visibilizar sin garantizar puede incluso devenir en otra forma de exclusión. De lo que se trata, en última instancia, es de transformar las condiciones que producen desigualdad.
Queremos ser ciudadanas y ciudadanos de pleno derecho.
Gabriela Bruno, mujer con discapacidad, militante por los derechos de las personas con discapacidad, Secretaria de Discapacidad del Partido Socialista